Grupo de personas cantando villancicos al aire libre durante una noche navideña, rodeados de luces cálidas y un ambiente festivo de paz y armonía.

PAZ A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD

Paz a los hombres de buena voluntad. Este es uno de los mensajes de la Navidad que la hace tan universal, dirigido no solo a los cristianos, los musulmanes, los budistas o los ateos, sino absolutamente a todos. Los hombres de buena voluntad suelen estar en paz. Esto no quiere decir que no sufran contrariedades, malos entendidos, conflictos, etc., sino que alcanzarán la paz.

Esa paz que tanto anhelamos… Nos pasamos el día diciendo que queremos vivir sin conflictos ni complicaciones, que no hacemos daño a nadie, pero, a menudo, sin buscarlos o quererlos, surgen problemas: algo que no hemos explicado bien es malinterpretado, actuamos con falta de información y sacamos conclusiones equivocadas, surgen circunstancias nuevas que no habíamos previsto, y situaciones que antes eran justas y equilibradas ahora no lo son. Y no digamos ya si alguien actúa con mala fe y pretende hacernos daño; de todo hay en el mundo.

En estas situaciones, como tenemos razón en muchas ocasiones, nos volvemos intransigentes y no aceptamos ninguna otra solución que no sea que nos den la razón, lo que, en conflictos, especialmente agrava las cosas y acaba, sí o sí, en el juzgado. Shylock, el judío de El mercader de Venecia, a nuestro lado era un aficionado a la hora de exigir su pagaré. Si además contratamos a un abogado como los que Quevedo describía en su obra, cuando decía aquello de que para convencer a un cliente de ir a juicio bastaba con decirle: «Existe ley expresa al respecto que te ampara», tenemos el caldo de cultivo perfecto para pasar años en un juzgado. Y si el fallo no nos favorece, la culpa será, cómo no, del juez. Para este tipo de situaciones, parece encajar a la perfección la famosa maldición gitana: «Tengas pleitos y los ganes.»

Yo, sin embargo, siempre he considerado que más vale un mal acuerdo que un buen pleito, y la práctica me ha convencido, día a día, de esta realidad. Ojo, no siempre.

Recientemente se ha aprobado, como requisito previo a cualquier procedimiento judicial, acudir a un Método Adecuado de Resolución de Conflictos, o MASC. Entre ellos está la mediación y la conciliación, que, como saben quienes me leen habitualmente, considero indistinguibles en este ámbito prejudicial. Para alcanzar la paz, la mediación es un método perfecto para llegar a un acuerdo. Si se acude a ella con buena voluntad, las posibilidades de éxito son enormes, pero hay que trabajar un poco: A Dios rogando y con el mazo dando. A veces, no es un método cómodo, porque lo más fácil es dejar el problema en manos de un tercero que lo solucione. Sentarse delante de alguien para escucharle, para entenderle, no siempre es sencillo, y menos cuando nos han hecho daño o han herido nuestros sentimientos. Por eso, es esencial contar con alguien que nos guíe en ese camino, como lo hace un mediador. No podemos ampararnos exclusivamente en el argumento de: «Existe ley expresa que te ampara.» El mediador facilitará el diálogo, equilibrará las posiciones si nos sentimos más débiles.

La paz hay que trabajarla día a día, y una bonita forma de hacerlo es, en caso de conflicto, intentar recuperarla cuanto antes.

Puedo asegurar a todos los que hayan conseguido llegar hasta aquí que, si trabajamos con buena voluntad, si cogemos el toro por los cuernos y acudimos a mediación con una actitud positiva, en la mayoría de los casos resolveremos el problema, recuperaremos pronto la paz perdida y seremos bendecidos con el mensaje:
Paz a los hombres de buena voluntad.

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